martes, 17 de mayo de 2016

Ojalá

Ojalá
(O…como te ríes. Sonríes, más bien…)

Ya tienes dos meses. Y mucho genio.

Te enfadas cuando algo no te gusta y no te piensas dos veces llorar dando gritos. Cuando lloras mucho, te tiembla el labio de abajo y sinceramente, a veces no sabemos cómo consolarte. Sigues llorando y lo único que te consuela, aunque no siempre, es sentirte pegada a tu madre hasta que consigues dormirte.
Normalmente lo que tienes es sueño. Es lo que más te cuesta: quedarte dormida. Una vez que te has dormido, pueden pasar horas, pero hasta que lo consigues, entras en un bucle que a veces parece que no se termina y vas de brazo en brazo hasta que consigues encontrar la postura para cerrar los ojos de repente.

Te hemos comprado una bañera nueva en la que no hace falta que yo te tenga cogida por la espalda y el cuello, sino que ya puedes tumbarte y estar cómoda, para ver si así te tomas al baño como algo relajante. Algunos días lo conseguimos. Otros, no tanto. Sacas genio y no hay quien te tranquilice.
Con lo que sí hemos acertado es con el secador de pelo. Te encanta. Te quedas totalmente extasiada mientras te secamos el pelo y después te lo dejamos encendido cerca. Si te hemos sacado de la bañera llorando, automáticamente dejas de llorar. A ese tipo de sonido, los llaman “ruidos sordos”. Supongo que será más o menos lo mismo que cuando yo te regañe cuando tengas quince años y me ignores; sabrás que estoy ahí haciendo ruido, pero ni caso.

Tienes mucho genio porque sabes que así tienes lo que quieres. Y porque, seamos honestos, cuando lloras, estás negociando con nosotros. Negociaciones, que tú siempre ganas, entre otras cosas, porque a ti te sobra todo el tiempo del mundo y a nosotros no. Un amigo nuestro dice algo parecido y tiene razón.
Tienes todo el tiempo del mundo para protestar por lo que no te gusta.
 
Ojalá cuando crezcas, sigas teniendo tiempo para protestar por lo que no te guste. Que tengas el valor suficiente para pelear por las cosas que piensas y por las que quieres conseguir. Esto en casa, lo vas a ver desde pequeña; no nos damos por vencidos nunca. Podemos venirnos abajo cuando algo no sale bien (yo más que tu madre), pero siempre volvemos con más fuerza. Todo es cuestión de tener ganas y de conseguir ver a largo plazo.

La frase “a largo plazo” siempre suele ir acompañada de ideas y pensamientos estructurados. Es mucho mejor trabajar poco a poco por algo que quieres y que llegue cuando tiene que llegar; a su tiempo y con la intensidad justa para que después del esfuerzo, lo disfrutes. Verás cómo es distinto a vivir con la ansiedad de querer tenerlo todo mañana. Esto lo voy a aprendiendo yo tambien. Ya casi lo controlo.
Ojalá cuando crezcas, tengas tiempo suficiente para no perder negociaciones por no tenerlo. No me refiero a negociaciones profesionales (esas ya te las enseñaré bien), sino a negociaciones de valores, de ideas y de sueños.

No creas cuando te digan que todo en la vida son sueños y que sólo hay que soñar las cosas para poder conseguirlas. Eso es mentira. Para poder conseguirlas, hay que trabajar y caminar. Mucho camino y muchos pasos. Sin pararte a tirar piedras a cada perro que te ladre. Ojalá (¡ojalá!) cuando estés leyendo esto, hayas podido comprobar que esto que te escribo es totalmente cierto.
Ojalá aprendas a afrontar los golpes tal y como vienen, que normalmente es sin avisar. Que aprendas a entender y encajar las pérdidas, no sólo las personales, sino las emocionales. Que cuando alguien deja un hueco vacío en tu esquema de vida, es porque ese hueco tiene que estar vacío y completarse por otra persona más adelante. O simplemente, quedarse vacío.

Ojalá entiendas el valor de la amistad desde pequeña; que sepas entender bien que la amistad bien cuidada te hará tener familia de distinta sangre, pero familia. Que normalmente llamamos a mucha gente amigo, pero que realmente, amigos de verdad, hay muy pocos. Tendrás suerte si necesitas una mano completa para contarlos. Dales tu amistad sólo a quienes la merezcan y te den la suya; estaréis poniendo en las manos del otro algo muy valioso: la confianza.
Me encantaría que hicieras algo grande; el otro día se lo decía a tu madre. Si ella podía imaginarse como sería que tú descubras la vacuna a una enfermedad sin cura, o que seas la ingeniera que cambia la forma de utilizar la energía, o que fueras una de las escritoras más influyentes de tu tiempo o tenista de élite.

Después me quedé pensando, cuando os fuisteis a dormir, en que realmente, a mí eso me da igual. En que yo lo único que quiero es que seas la mejor, en lo que hagas (lo del tenis es innegociable…). Me da igual en qué, pero la mejor. Que te sientas plena haciendo lo que más te guste. Que lo que hagas te reporte tal satisfacción que consigas convertir tu trabajo en tu pasión. Entonces, y sólo entonces, habrás allanado muchísimo el camino para estar completa. Para ser feliz.
Ojalá un día sin darte cuenta, suene una obra de música clásica y pienses en mí. En las horas que pasamos juntos, mirándonos fijamente hasta que duermes. Me encantaría que te gustasen las mismas cosas que a mí; compartiríamos tantas y tantas vivencias juntos. Y, ¿sabes qué pasaría si te gustan cosas distintas? Que sería mejor incluso. Ya no sólo compartiríamos vivencias, sino que compartiríamos puntos de vista e ideas. Y me imagino, que llegar al punto en que tu hija te complete los argumentos con sus propias ideas, debe de ser algo maravilloso.

Ya tienes dos meses y te empiezas a reír. Sonríes, más bien.
Voy a poner todos mis esfuerzos en que vivas sonriendo permanentemente. Se te ilumina la cara cuando te ríes y he de confesar, que cada vez que te ríes trato de imaginarte tu boca con dientes. Que consigas sacarle a todo una sonrisa, te convertirá en alguien afable y simpática; cuando yo consiga hacerlo del todo bien (que ahora mismo trabajo en eso a diario) te enseñaré a decir las cosas justo después de haber pensado todo lo que vas a decir y en el tono exacto en el que tienes que decirlo, para no quedarte corta y parecer que dudas ni para decirlo de forma brusca y que parezcas prepotente.
Encontrar un punto medio en la forma en la que te diriges a la gente cuando hablas, entre la amabilidad y la seguridad, a veces es difícil, pero cuando se consigue, la comunicación con los demás, es muy fluida y hace que las cosas sean mucho más sencillas.
 
Que sepas comunicarte con cariño va a abrirte muchas puertas y tienes que aprender a aprovecharlo;

Cuando te escribo estas cartas, no dejo de hacerme un análisis permanente a todas las cosas que hago mal, que son muchas, para ponerme de plazo para cambiarlas que tu puedas entenderme. Tenerte en casa es la mayor motivación para conseguir cambiar las cosas que no nos dejan ser felices del todo o aquellas cosas, que un pequeño esfuerzo, nos harían sentirnos muchísimo mejor.
 
Tener la obligación de educarte es uno de los mejores (y más difíciles) retos que he tenido delante y estoy seguro de que con trabajo constante, tanto tu madre como yo lo vamos a conseguir. Vamos a ser un buen equipo. El que ya somos. Y vamos a ser una familia preciosa. Como la que ya somos.

lo has convertido todo, porque antes éramos dos y contigo, nos hemos convertido en una familia.
 
Ya tienes dos meses y tienes mucho genio. Y te empiezas a reír. Sonríes, más bien.
Y cuando lo haces, paras el tiempo.


sábado, 16 de abril de 2016

Para que tu no llores.


Para que tu no llores                                                                                          
(O... como te haré sentir bien)

Hace un mes que has nacido y lo has cambiado todo.
Has llenado cada hueco vacío que podía haber en esta casa, que también es tu casa y has conseguido que vivamos únicamente pensando en ti cada segundo.

He decidido empezar a escribirte estas cartas, porque te miro fijamente y tengo ganas de hablarte y que sepas todo lo que quiero decirte.

Lo primero que quiero es pedirte perdón; porque no voy a ser perfecto. Nunca lo he sido y difícilmente lo voy a ser. A veces hago las cosas muy rápido y otras veces, no sé por qué pienso, que me cuestan un poco más que a los demás.

No soy a quien tus amigas mirarán con admiración por mi profesión o por lo que hago. Al menos de momento. No soy Juez de la Audiencia Nacional, un reconocido neurocirujano o cosas por el estilo. Lo que si sé es que cuando seas mayor y vengan amigas tuyas a casa, os haré reír. Quizás así te sientas orgullosa. Y yo me sentiré completo si lo hacéis.

Ojalá te parezcas a tu madre. Ella sabe como hacer que las cosas funcionen cuando se atrancan. Normalmente tiene la solución a problemas que yo no consigo descifrar. Sé que somos un buen equipo y que juntos conseguiremos que seas todo lo que quieras ser. De ser lo que quieras ser, te encargarás tu; nosotros nos encargaremos de darte todo lo que necesites para conseguirlo. Ahora, ya no tengo nada mío. Todo lo que te rodea en esta casa, aunque aún no lo sepas, es tuyo.

Lo segundo que quiero que sepas, cuando leas esto, es que me enamoré de ti desde que te vi por primera vez y te pusieron en mis brazos, liada en un toalla y no dejaste de mirarme fijamente durante 20 minutos. Ese rato en el que solo estábamos tu y yo, has sido el momento de mayor paz que he tenido nunca. Me mirabas casi sin pestañear mientras yo me preguntaba si justo recién nacida podía darte un beso.

Me he enamorado de cada gesto o cada ruido que haces con la garganta cuando te estiras. De cómo lloras cuando tienes hambre y de cómo protestas cuando no estás cómoda en tu cuna. De cómo, pese a tener poco más de un mes, sabes cuando estamos cerca o cuando nos hemos alejado a la habitación de al lado. Me he enamorado de tus labios cuando estás a punto de llorar porque quieres estar en brazos.

No te imaginas la cantidad de veces que me he equivocado haciendo cosas en la vida; cuantas cosas he empezado a hacer y al final no he sabido terminar. Nunca sabrás lo que van a valer mis advertencias, mis consejos y mis enfados hasta que los veas con la misma perspectiva con la que yo hoy sé en qué me he equivocado. También, cuando seas mayor, entenderás que hay cosas que nunca volverán. Y de nada te servirá llorar como haces ahora cuando quieres algo.

Por eso, desde hace un mes, nosotros, mamá y yo, vivimos pensando de forma automática en qué será lo mejor para ti y como dártelo. Para que tu no llores.

Las noches que no puedes dormir, te cojo en mis brazos y te pongo Mozart para que te relajes poco a poco y consigas dormirte. Concierto para piano n.21 de Mozart en Do Mayor. Empiezas a cerrar los ojos casi al instante y tu respiración empieza a ser cada vez más calmada. Te acuno de pie al ritmo de la melodía. Si todavía no estás dormida profundamente, y paro, te despiertas como preguntando que qué pasa, que por qué no me muevo… Y así consigo que te duermas mientras no dejo de apretarte contra mi. Hasta que se me duermen los brazos. Te arropo contra mi pecho para duermas tranquila y para que tu no llores.

Hay tantas cosas que me gustaría decirte cuando te tengo delante; tantos planes que quiero hacer contigo y tantas cosas que quiero que veas. Tantos sitios donde quiero que estés. Y también, tantas cosas y sitios que no quiero que vivas y veas jamás. Quiero que vivas siendo inocente hasta que la pequeña dosis de crueldad diaria que tiene la vida te haga ver el mundo como es de verdad.

Mientras tanto, ojalá lo veas durante muchos años con ojos de una niña.
Porque te harán daño y habrá cosas que no te gustarán y para eso estaremos nosotros, para enseñarte y para que tu no llores.

He aprendido muy rápido, en cuestión de días a ser paciente; ya no quiero que crezcas para llevarte a clases de tenis, ni que crezcas para enseñarte a sumar, ni quiero que te hagas mayor para que me pidas meterte en la piscina sin manguitos, ni quiero que crezcas para oírte protestar. Tengo tantas ganas de disfrutarte cada segundo de hoy mismo. De ahora. Hasta tal punto que hoy ya me parece mucho desde ayer.
Por cosas con estas, una de mis responsabilidades más grandes es hacerte crecer paso a paso, que no vivas más deprisa de lo que tienes que vivir y cada vivencia que tengas, sea la que tienes que tener con tu edad.

No voy a dejar que nadie te trate mal y que nadie te haga daño. Físico, evidentemente, no lo toleraré de nadie. Pero me refiero al daño de verdad; no dejaré que nadie te humille o te haga sentir mal (ni que tu lo hagas). No dejaré que nadie te mienta (ni que tu lo hagas) y te haga creer en cosas que después no pasarán. Tampoco voy a permitir que nadie se aproveche de ti (ni que tu lo hagas de nadie) y te utilice sin importar qué sientes tu. No voy a dejar pasar si alguien te habla o trata mal (o si lo haces tu).

Lee bien todo lo que hay en el párrafo anterior entre paréntesis. Ahí tienes una lista de cosas que no debes hacer. No humilles a nadie, no creas que eres más que nadie, no mientas ni creas en cosas lejanas. No seas interesada con nadie y por supuesto, no hables mal a nadie. Recuerda, que todos tenemos un mal día y normalmente, nunca sabemos cuando las personas que están cerca están teniendo uno. Sé cariñosa siempre; te abrirá muchas puertas. Lo irás viendo conforme crezcas.
(esto último, mejor que lo aprendas de tu madre, yo soy un poco menos empático que ella… Probablemente cuando estés leyendo esto, ya te habrás dado cuenta.)

Conforme crezcas nos iremos conociendo. Seguramente, llegar a conocerte bien sea uno de los mejores regalos que la vida nos pueda regalar. Conocerte, educarte, enseñarte y cuidarte.

Cuidarte mucho, para que tu no llores.